• Bárbara Zorrilla Pantoja

Lo que la juventud entiende por violencia de género


Un nuevo estudio “Percepción de la violencia de género en la adolescencia y juventud” (https://www.msssi.gob.es/ssi/violenciaGenero/publicaciones/estudiosinvestigaciones/PDFS/Percepcion__Social__VG__Adolesc_Juv.pdf ) analiza los resultados de una encuesta dirigida a 2.500 jóvenes residentes en España con edades comprendidas entre los 15 y los 29 años, para recoger información sobre las opiniones y actitudes que tienen sobre la violencia de género, así como las medidas que adoptan para combatirla.

Lo más interesante de este estudio es que permite comparar los datos obtenidos en años anteriores, diferenciando además, variables como edad y sexo, lo cuál nos indica como ha evolucionado en el tiempo la percepción social de este fenómeno por sectores de la población.

Con la segunda parte del título de este post “viejos resultados” me refiero a que, los datos obtenidos en distintas categorías de respuesta como tolerancia a la violencia o percepción subjetiva de existencia de desigualdades resultan bastante decepcionantes. Y, después de años de trabajo y lucha, no existe un aumento realmente significativo de las actitudes intolerantes hacia la desigualdad, discriminación, o cualquier otra forma de violencia contra las mujeres.


Menos de la mitad de los jóvenes varones, concretamente un 44% reconoce la existencia de desigualdades. Esto en mi opinión, es claramente insuficiente.

Un 55% de los mismos reconoce que las mujeres estamos peor sólo en aspectos como diferencias salariales y dificultad de conciliación de la vida familiar y laboral (nuestra vida personal, nuestros espacios propios, ni siquiera se contemplan en el documento).

Estas cifras aumentan en el caso de las mujeres jóvenes. Parece que ellas, que son las que lo sufren, si se dan cuenta de la existencia de numerosas formas de desigualdad en nuestra sociedad. Es decir, en aspectos como la empatía, la solidaridad y la corresponsabilidad parece que tampoco hemos avanzado.

Otro resultado indeseable es que, cuando se compara la población adolescente y joven con el conjunto de la población, se observa que tanto los hombres como las mujeres de este grupo de edad perciben, en menor medida que las personas de mayor edad, la existencia de desigualdades de género. Es decir, que lo que estamos haciendo para educar y sensibilizar a nuestra juventud, no está funcionando. Tenemos que insistir y esforzarnos para transmitirles que es necesario cuestionarse su forma de construir su identidad en base a modelos de género estereotipados.

Los mitos del amor romántico (aunque no bajo este epígrafe) también están presentes en el estudio. Estas ideas tradicionales y fuertemente arraigadas en el imaginario colectivo, nos sirven para explicar, entre otras cosas, y, por supuesto, teniendo en cuenta otros factores añadidos, porqué una mujer permanece inmersa en una relación abusiva y violenta. Y es que, entre la población adolescente y joven, la idea del matrimonio se contempla como forma de vida ideal, en ambos sexos, y con mayor frecuencia en las mujeres. Podemos inferir por tanto que se siguen perpetuando mitos y falsas creencias sobre las relaciones de pareja. Esto puede traducirse en problemas que arrastramos a la hora de relacionarnos como falta autonomía afectiva, dependencia emocional hacia una pareja, concepciones erróneas del amor (“El amor lo puede todo”) y otras creencias distorsionadas y dañinas (“Es celoso porque me quiere”).

Sobre la percepción del alcance de los malos tratos, en todos los grupos de edad las mujeres consideran en mayor medida que los hombres, que, los malos tratos hacia las mujeres, están bastante o muy extendidos.

A priori, parece ser un dato positivo que el 96% de las mujeres y el 92% de los hombres jóvenes considere totalmente inaceptable la violencia de género. El problema es que no todas las formas de violencia de género suscitan el mismo rechazo ni todos los comportamientos que constituyen maltrato son identificados como tales. Y es que aún cuesta mucho detectar actitudes violentas que no sean manifestaciones de agresiones físicas. Tan sólo el 67% de los encuestados considera inaceptable lo que se ha denominado violencia de control, que realmente es un tipo de violencia machista.

Es decir, uno de cada tres jóvenes de considera inevitable o aceptable “controlar los horarios de la pareja”, “impedir a la pareja que vea a su familia o amistades”, “no permitir que la pareja trabaje o estudie” o “decirle las cosas que puede o no puede hace”’. En definitiva, y aunque las diferencias son pequeñas, los jóvenes de 15 a 29 años son algo más tolerantes que el conjunto de la población con este tipo de violencia.

Por otra parte, la mayoría de las personas encuestadas, un 78%, afirmó que las campañas ayudan a concienciar a la sociedad, pero más de la mitad no recuerda ninguna campaña. Así que, volvemos a comprobar que realizar campañas es insuficiente, cuando no existe una educación temprana, integral y sostenida en igualdad. Y es que para avanzar en la percepción del sexismo y la discriminación hacia las mujeres, es necesario presentar estos problemas como perjudiciales no sólo para sus víctimas más visibles, sino para toda la sociedad. Además las campañas tienen que llevarse a cabo de forma conjunta con otros programas sociales, para crear respuestas integradas de prevención.

Es obvio que estos resultados son un reflejo cultural de nuestra sociedad, patriarcal y machista. A mí, estos datos me parecen inaceptables pero evitables, puesto que las actitudes son aprendidas y susceptibles de desaprenderse. Para ello tenemos que unir fuerzas y seguir luchando por la construcción de una sociedad más justa e igualitaria. Esto pasa por enseñar y hacer entender a nuestra juventud que cualquier tipo de violencia que se ejerza contra la mujer es intolerable y hay que visibilizarla para combatirla.

Bárbara Zorrilla Pantoja

Psicóloga experta en violencia de género

barbarazorrillapantoja.com

Post publicado en Febrero de 2015 en la página de Generando Igualdad

#violenciadegénero #adolescentes

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© 2015 por Bárbara Zorrilla Pantoja.
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